Para vosotros dos en particular, pequeñuelos. Os quiero.
Me pesan los párpados, los minutos, las ideas, los deseos, las ausencias, los huecos, las paredes... Se me cuelgan de las pestañas, me cierran los ojos, me nublan el punto frente a mí. El punto que no es un punto, que pudiera ser un elefante amarillo o una mosca ridícula, o quizá el Aleph mismo. No lo sé porque no lo veo y no lo siento. Sólo el peso. Sólo eso. El anuncio de que por hoy se acabó. De que no queda más que irse y apagar el interruptor. Y mañana será otro día.
De tantos hombres que soy, que somos, no puedo encontrar a ninguno: se me pierden bajo la ropa, se fueron a otra ciudad.
Cuando todo está preparado para mostrarme inteligente el tonto que llevo escondido se toma la palabra en mi boca.
Otras veces me duermo en medio de la sociedad distinguida y cuando busco en mí al valiente, un cobarde que no conozco corre a tomar con mi esqueleto mil deliciosas precauciones.
Cuando arde una casa estimada en vez del bombero que llamo se precipita el incendiario y ése soy yo. No tengo arreglo. Qué debo hacer para escogerme?
Cómo puedo rehabilitarme? Todos los libros que leo celebran héroes refulgentes siempre seguros de sí mismos: me muero de envidia por ellos, en los filmes de vientos y balas me quedo envidiando al jinete, me quedo admirando al caballo.
Pero cuando pido al intrépido me sale el viejo perezoso, y así yo no sé quién soy, no sé cuántos soy o seremos. Me gustaría tocar un timbre y sacar el mí verdadero porque si yo me necesito no debo desaparecerme.
Mientras escribo estoy ausente y cuando vuelvo ya he partido: voy a ver si a las otras gentes les pasa lo que a mí me pasa, si son tantos como soy yo, si se parecen a sí mismos y cuando lo haya averiguado voy a aprender tan bien las cosas que para explicar mis problemas les hablaré de geografía.
A veces se abre el grifo y luego no se puede cerrar. Tendré que poner una alambrada a su alrededor cuando lo cierre. Una alambrada tupida y elevada.
Le desconcertó que me gustase Lorca, el rojo Lorca. Pero Lorca no me gusta. Lorca me conmueve hasta el tuétano. Lorca me transforma, me pone lágrimas en los ojos, sonrisas amargas o ácido escepticismo. Yo no soy lo que parezco. No soy carne y no soy huesos. No soy severidad y juicio y razón. No soy censura. Ni artículos, ni letras, ni bailes, ni carcajadas, ni lágrimas, ni consejos, ni siquiera tacto, manos y besos. Yo soy eso que ni yo entiendo, abstracto, cambiante, oscuro y luminoso, esencialmente contradictorio, que sube y baja y vuela y nada, se encoje y expande y duele y late y quiere y se irrita indignada, y está, a veces en primer plano inundándolo todo y otras veces oculto y escondido, completamente recogido, dejando enormes espacios vacíos, desiertos sin agua y sin oasis. Eso que unas veces lo puede todo y es fuerza insondable, huracán, pasión o ira, y otras tirita frágil y temeroso de demonios que en parte también son su propia creación. Y Lorca afecta a eso, probablemente sea eso, puro sentimiento. A mí no me gusta Lorca, el rojo Lorca. Yo lo tengo dentro aunque todavía no lo conozca por completo.
El otro día volvía por el camino de las polillas y las bombillas, el de los renacuajos y los ríos pequeños, el de la casa abandonada y las huertas anacrónicas en que os aldeanos venden tomates procedentes de grandes superficies... Ése en que Melpómene pisaba sobre puentes de cristal ajado dejando atrás piscinas de plata. Ése. Pero esta vez era yo, no ella... No recuerdo qué sonaba pero sí que lo paré para escuchar el silencio y oler el agua. Me volví y estaba sola, así que simplemente me detuve a observar el brillo de las farolas sobre la humedad de la calzada, el goteo de los cables, el frío nocturno, la oscuridad próxima y la luz lejana... Y olí también el frío y la hierba y reconocí ese olor aun sin acabar de identificar el lugar y la época de qué venía. Luego reanudé la canción y el paso y salí del camino.
Son susurros al pie del precipicio para no hablar sola y que el eco no me devuelva a la realidad y lo haga ridículo. Mis disculpas por adelantado a quien pasee por el cañón.
Las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora, cuando por el monte oscuro baja Soledad Montoya. Cobre amarillo, su carne, huele a caballo y a sombra. Yunques ahumados sus pechos, gimen canciones redondas. Soledad, ¿por quién preguntas sin compaña y a estas horas? Pregunte por quien pregunte, dime: ¿a ti qué se te importa? Vengo a buscar lo que busco, mi alegría y mi persona. Soledad de mis pesares, caballo que se desboca, al fin encuentra la mar y se lo tragan las olas. No me recuerdes el mar, que la pena negra, brota en las sierras de aceituna bajo el rumor de las hojas. ¡Soledad, qué pena tienes! ¡Qué pena tan lastimosa! Lloras zumo de limón agrio de espera y de boca. ¡Qué pena tan grande! Corro mi casa como una loca, mis dos trenzas por el suelo, de la cocina a la alcoba. ¡Qué pena! Me estoy poniendo de azabache, carne y ropa. ¡Ay mis camisas de hilo! ¡Ay mis muslos de amapola! Soledad: lava tu cuerpo con agua de las alondras, y deja tu corazón en paz, Soledad Montoya.
Por abajo canta el río: volante de cielo y hojas. Con flores de calabaza, la nueva luz se corona. ¡Oh pena de los gitanos! Pena limpia y siempre sola. ¡Oh pena de cauce oculto y madrugada remota!